martes, 10 de mayo de 2011

Capitulo XI: El segundo llanto

Recuerdo haber entrado alguna vez a una de esas páginas del tipo "Cómo salir del ropero en 10 sencillos pasos" o "How to make the best of your coming out" o "La salida del ropero para el puto moderno" o algo así. Si había algo que me había quedado de la lectura de esos artículos era que NUNCA debías comunicarlo a la familia primero. Era altamente recomendado empezar por el grupo de amigos y, en última instancia, cuando el homosexual en cuestión se sintiera más seguro y contara con el apoyo de las amistades, entonces sí era momento de encarar a los padres.

Ahora bien, mi situación no era tan sencilla. Sobre todo porque obviamente el episodio de la página de Facebook no había sido enterrado por mi madre. No recuerdo muy bien, seguramente porque mi memoria eligió borrar algunos pasajes, pero una noche entre mi primer salida a un boliche gay y la operación de mi amigo, estando solo en casa mi mamá se me acercó e insistió con el tema de mi presunta homosexualidad.
Lo encaró por el lado de "uno cuando es adolescente está muy confundido".. "no hagas nada extraño, tené paciencia, puede ser que tengas problemas sexuales, impotencia, etc, eso no significa que seas gay".. "tenés que empezar a salir con chicas aunque no te gusten, uno no se enamora de un día para el otro" y un montón de sonceras más que, antes mis reiterados "basta" y "cortala" sin efecto, generaron que largara de manera desafiante un "Sí, soy gay", y para moderar el impacto un "Creo que soy gay". In-your -face.

Lo que siguió fue una serie de frases infelices de una madre desesperada que ve romperse en pedazos la idea de vida que tenía para su hijo. Ella trabaja en un juzgado penal y se puso a contarme todas las causas de homosexuales que le llegan "yo no quiero esa vida para vos". Y siguió, una y otra vez, "No quiero que vivas sumido en drogas, tirado en algún sanjón, golpeado y vistiéndote como mujer".
Al ver la incomprensión con la que me enfrentaba, me sentí solo, solo en serio y odié ser homosexual. Así fue como desde lo más fondo de mí salió nuevamente el llanto. El segundo del año y únicamente comparable al de la aceptación. No quise escuchar más nada, lloré desconsoladamente y me acosté en la cama tapado hasta la cabeza.
De fondo escuchaba la voz de mi madre tratando de calmarme y cerró la conversación con un "yo siempre te voy a querer" con la voz partida. Era lo que hubiese querido escuchar desde un principio. Me quedé acostado, sollozando, hasta quedarme dormido. Eran las 9 de la noche, pero la explosión de lágrimas me agotó y no me quedaron fuerzas ni ánimos de nada. Fue una noche muy triste.

Durante ese año el ánimo de mi madre empeoró radicalmente, con depresión, angustia constante, y llantos reiterados.
No sabía muy bien cómo manejar la situación. Yo quería seguir investigando un mundo desconocido, pero haciendo eso iba a estar lastimando a las personas que más quería. Entendí que no era justo, y me propuse seguir haciendo mi vida tratando de evitar hacer daño a las personas que no les gustaba.

En esa dirección, los próximos ahora sí tenían que ser mis amigos, pero primero tenía una cirugía que superar.

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