Eran las 3am del 29 de Agosto de 2010. Caminaba apurado por las calles de Palermo, un poco por el frío intenso del pleno invierno porteño y otro poco intentando llegar rápido a un lugar donde nadie me pudiera ver. Por fin llegué a lugar al que me dirigía. Entré a mi auto estacionado, cerré el pestillo de la puerta y recliné el asiento delantero hasta el máximo de su capacidad. Y ahí nomas, recostado bajo la intimidad que me proporcionaba el polarizado, me largué a llorar. Una vez más, odié ser homosexual.
Claro que para llegar a la situación descripta anteriormente se dieron una serie de eventos desafortunados cuyo origen lo relaciono con mi nuevo empleo y la Mariana Nannis de Lanús. Resulta que con el paso de los días me dijo que estudiaba producción de TV, que coincidentemente era lo mismo que estudiaba uno de los chicos de mi grupo de amigos (recordemos que pertenezco a un grupo de ocho amigos en dónde sólo cuatro sabían de mi situación). Charlando un poco más descubrimos que era compañera de curso de mi amigo en una materia (vivan las casualidades!). El problema fue que un día mi compañera me dijo que había estado hablando con mi amigo de mi ‘novia’ R., con qué necesidad! Por suerte mi amigo se hizo el dolobu y yo después le dije a mi compañera que todavía no había tenido la oportunidad de comentarle a él, así que seguramente no sabía.
Ahora, cómo le explicaba a mi amigo que no estaba saliendo con R. y que era todo una tapadera porque, por si no sabía, me la venía lastrando con ganas hace tiempo! O peor, que R. en realidad era M. y tenía pito! Algo le iba a tener que decir y/o hacer! Cómo hago? Lo llamo y le digo de vernos? Pongo carita y le digo que soy gay y que no diga nada? Qué pasaba si él le comentaba a algún otro amigo sobre R. antes que a mí? Todo me resultaba muy difícil, todavía me costaba mucho salir y enfrentarme con la realidad. La puerta de mi closet estaba entreabierta y yo todavía no terminaba se salir. Decidí entonces tomar la posición más cómoda, y la que había estado tomando el último tiempo: si a alguien le interesaba que me pregunte. La idea era llevar la situación hasta el punto en que no pudiera mentir y me viera forzado a contar la verdad.
Pasaron dos semanas sin mayores noticias, hasta que un día coincidimos en el cumpleaños de uno de los chicos del grupo. El festejo era en un bar boliche por la zona de Niceto Vega en Palermo. Llegué junto a dos amigos pasada la media noche y ya estaban todos tomando algo en el boliche, incluido mi amigo que “creía” que estaba de novio, vamos a llamarlo J. para identificarlo mejor. Él se había juntado a hacer la previa con A., otro de nuestro grupo de amigos que tampoco sabía lo mío y, como buen perseguido que soy, me imaginé que ahora eran dos los que creían que yo andaba diciendo en mi trabajo que salía con R. Me acerqué a saludarlos, cruzamos un par de palabras y luego me aproxime a la barra para mojar un poco los labios.
Ya con mi trago en la mano me puse a charlar con alguno de los chicos cuando de repente me llega un mensaje de texto a mi celular que venía de parte de A. y decía una frase que no recuerdo pero que se asemejaba a la conocida “la mentira tiene patas cortas”. Cuando lo leí no lo podía creer, a qué mentira se referían? A lo de mi supuesta relación con R. o a lo de mi supuesta heterosexualidad? Por qué no me lo preguntaron de frente? Qué necesidad de mandar un mensaje por atrás sin dar la cara? Me di vuelta y los vi en una esquina a J. y a A. hablando y riéndose. Me acerqué todo furioso y les sacudí el celular en la cara diciéndoles que cualquier cosa que me tengan que decir me lo dijeran en la cara, que lo que hicieron me parecía una chiquilinada. Ni bien terminé la frase pegué media vuelta y volví hacia donde estaba el resto de mis amigos charlando, conversación de la que no pude formar parte porque mi cabeza giraba hacia otro lado.
Qué hubiera preferido yo que pasara? Que se hicieran los boludos? Que me felicitaran por mi nueva relación? Que me preguntaran qué onda? No sé bien. Todos los caminos desembocaban en justificar mi acción para tapar mi homosexualidad. Lo que me había dolido era la forma, porque si en su concepto de mentira entraba mi sexualidad, entonces me estaban lastimando.
No les hablé por el resto de la noche, hasta que en un momento se me acercó J. a preguntarme si me había enojado. Estábamos sentados en los sillones del VIP en el primer piso del boliche, Qué te parece?! Le dije yo. No te enojes, me respondió. Así que estás saliendo con R.? Cómo va eso? Me preguntó. Parecía querer creerlo. Yo le dije que no estaba saliendo con nadie, y que había contado eso en el trabajo por otro tema. Qué pasó amigo? Me preguntó con sincero interés. Nada, le dije, es muy largo y complicado para hablar y no es lugar, seguí. Insistió en que le contara, ya con cara de preocupado. Y en ese momento tomé aire, miré hacia arriba, y sentí que tenía que contarle. Las piernas me empezaron a temblar. Estaba a punto de decir las palabras mágicas, junto cuando se sentó A. al lado nuestro e interrumpiendo me preguntó: Estás contento con la nueva ley?, haciendo referencia a la recientemente sancionada ley de matrimonio igualitario. Qué ley? Le dije yo, hasta que caí… no lo podía creer. Ellos sabían de mi homosexualidad. Se habían enterado y me lo estaban haciendo saber de esa manera. Mandandome mensajes sobre mentiras y preguntándome por la ley. Me sentí boludeado e incomprendido. Lo que para ellos era chistoso para mí significaba un dolor muy grande. De repente todo lo que temía que ocurriera en una situación de 'coming out' se estaba cumpliendo.
Me levanté del sillón, y disparé para las escaleras que conducían a la pista. De fondo escuchaba a J. diciéndole a A. que se callara que estábamos hablando y que yo estaba por decirle algo. Pero ya era tarde. Bajé las escaleras del VIP y salí disparado del boliche.
Eran las 3am del 29 de Agosto de 2010. Caminaba apurado por las calles de Palermo, un poco por el frío intenso del pleno invierno porteño y otro poco intentando llegar rápido a un lugar donde nadie me pudiera ver. Por fin llegué a lugar al que me dirigía. Entré a mi auto estacionado, cerré el pestillo de la puerta y recliné el asiento delantero hasta el máximo de su capacidad. Y ahí nomás, recostado bajo la intimidad que me proporcionaba el polarizado, me largué a llorar. Una vez más, odié ser homosexual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario